Nutrición

Nutrición para personas mayores

Las necesidades nutricionales cambian con la edad. Esta guía explica qué necesita el cuerpo de una persona mayor, qué suele faltar en su alimentación y cómo organizar una dieta sencilla, equilibrada y adaptada a la vejez.

Las necesidades nutricionales en la vejez

A partir de los 65-70 años, el cuerpo experimenta cambios fisiológicos que alteran significativamente las necesidades nutricionales. El metabolismo basal disminuye (se necesitan menos calorías para mantener las funciones vitales), pero los requerimientos de proteína, calcio, vitamina D y algunos otros micronutrientes se mantienen o incluso aumentan. Esta paradoja, menos calorías pero más nutrientes por caloría, es el desafío central de la nutrición en la vejez.

El apetito tiende a disminuir con la edad por múltiples razones: reducción de la capacidad olfativa y gustativa (que hace la comida menos atractiva), cambios hormonales, efectos secundarios de medicamentos, dolor crónico, depresión o simplemente la soledad de comer solo. El resultado es que muchas personas mayores comen menos de lo que su cuerpo necesita para mantenerse en condiciones óptimas.

La desnutrición en personas mayores es un problema de salud pública subestimado. No hablamos de personas que parecen desnutridas: hablamos de personas con peso normal o incluso sobrepeso que consumen pocas proteínas, poca fibra, pocos micronutrientes y poca agua. Esta "desnutrición oculta" tiene consecuencias reales: mayor susceptibilidad a infecciones, peor cicatrización, menor masa muscular, más fatiga, peor función cognitiva y mayor fragilidad general.

La buena noticia es que la nutrición es uno de los factores de salud más modificables en cualquier edad. Pequeños cambios sostenidos en la alimentación producen mejoras medibles en la composición corporal, la función muscular, el sistema inmunitario y el bienestar general. No hace falta una dieta perfecta: hace falta una dieta suficientemente buena y sostenible.

La proteína: el nutriente más subestimado

Si hay un nutriente que merece atención especial en la alimentación de personas mayores, ese es la proteína. La proteína dietética es la materia prima con la que el organismo construye y repara los tejidos musculares, produce enzimas y anticuerpos, y mantiene la estructura de huesos y piel. Sin suficiente proteína en la dieta, el cuerpo recurre a descomponer su propio tejido muscular para obtener los aminoácidos que necesita.

Las recomendaciones actuales para personas mayores de 65 años se sitúan entre 1,0 y 1,2 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día. Esto significa que una persona de 70 kg necesita entre 70 y 84 gramos de proteína diarios, cantidad que con frecuencia no se alcanza cuando la dieta está basada principalmente en hidratos de carbono y poca proteína animal o vegetal de calidad.

Las mejores fuentes de proteína para personas mayores son el pescado (especialmente el azul: sardinas, caballa, boquerones, atún, salmón), los huevos, las legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, habas), los lácteos (yogur, queso, leche) y la carne blanca (pollo, pavo, conejo). La proteína vegetal de las legumbres es igualmente válida que la animal cuando se consume en suficiente cantidad y variedad.

Distribuir el consumo de proteína a lo largo del día, en lugar de concentrarlo en una sola comida, mejora su aprovechamiento muscular. Incluir una fuente de proteína en el desayuno (huevo, yogur, jamón cocido de calidad) además de en la comida y la cena es una estrategia práctica para alcanzar los objetivos diarios sin aumentar excesivamente el volumen total de comida.

Hidratación: el gran olvidado

La deshidratación es una de las causas más frecuentes de hospitalización urgente en personas mayores durante los meses de verano, y una de las más prevenibles. Con el envejecimiento, el mecanismo de la sed se vuelve menos eficiente: el cerebro no siempre envía la señal de sed cuando el cuerpo la necesita. Además, el porcentaje de agua corporal disminuye con la edad, lo que hace que el organismo sea más vulnerable a las consecuencias de una ingesta insuficiente.

Las consecuencias de la deshidratación crónica leve (la que no produce sed intensa pero sí déficit real) incluyen estreñimiento, mayor concentración de la orina e infecciones urinarias recurrentes, confusión mental, fatiga, dolor de cabeza, piel seca y frágil, y mayor riesgo de cálculos renales. En Málaga, donde el verano es largo y caluroso, el riesgo aumenta significativamente entre junio y septiembre.

La recomendación general es consumir entre 1,5 y 2 litros de líquidos al día. El agua es la mejor opción, pero también contribuyen el café (en cantidades moderadas), las infusiones de hierbas, los caldos, la leche, los zumos naturales sin azúcar añadido y, de forma muy importante, las frutas y verduras con alto contenido en agua (sandía, melón, tomate, pepino, naranja, lechuga, calabacín).

Estrategias prácticas para mejorar la hidratación en personas mayores: tener siempre una botella de agua visible sobre la mesa o en el salón, establecer el hábito de tomar un vaso de agua al levantarse y antes de cada comida, incluir sopa, caldo o gazpacho al menos una vez al día, y en verano añadir frutas de temporada con alto contenido en agua como aperitivo o postre.

Calcio, vitamina D y salud ósea

La osteoporosis, la enfermedad que hace que los huesos se vuelvan frágiles y propensos a fracturarse, afecta a millones de personas mayores en España, con mayor incidencia en mujeres postmenopáusicas. La prevención y el tratamiento de la osteoporosis dependen de tres factores fundamentales: la ingesta adecuada de calcio, los niveles suficientes de vitamina D (necesaria para que el calcio se absorba correctamente) y la práctica de ejercicio de impacto moderado que estimule la formación ósea.

Los requerimientos de calcio en personas mayores se sitúan en 1000-1200 mg diarios. Las mejores fuentes alimentarias son los lácteos (leche, yogur, queso), las sardinas y boquerones en conserva con espinas, las almendras, el brócoli, el kale y las legumbres. Si la ingesta dietética no es suficiente, el médico puede recomendar suplementación con calcio, generalmente en combinación con vitamina D.

La vitamina D merece mención especial. En Málaga, con más de 3.000 horas de sol al año, la síntesis cutánea de vitamina D podría ser suficiente con una exposición solar moderada y regular. Sin embargo, las personas mayores sintetizan vitamina D con menor eficiencia a través de la piel, y muchos pasan poco tiempo al aire libre o se cubren completamente por habituación o por recomendaciones estéticas. El resultado es que la deficiencia de vitamina D es sorprendentemente común incluso en zonas muy soleadas.

El médico puede determinar los niveles de vitamina D con un análisis de sangre sencillo y recomendar suplementación si es necesario. La suplementación con vitamina D3 es segura, económica y tiene un impacto significativo no solo sobre la salud ósea sino también sobre la función muscular, el sistema inmunitario y posiblemente la salud cognitiva.

Fibra y salud digestiva

El estreñimiento es uno de los problemas digestivos más frecuentes en personas mayores y uno de los que más afectan a la calidad de vida. Sus causas son múltiples: menor motilidad intestinal relacionada con la edad, poca hidratación, escaso ejercicio físico, baja ingesta de fibra, y efectos secundarios de muchos medicamentos habituales en personas mayores (analgésicos opiáceos, hierro, ciertos antihipertensivos).

La fibra dietética tiene un papel fundamental no solo en la regulación del tránsito intestinal sino también en el control del colesterol, la glucemia postprandial y la salud de la microbiota intestinal. Las fuentes más ricas en fibra son las legumbres, las verduras y hortalizas, las frutas (especialmente con piel), los frutos secos y los cereales integrales (pan, arroz, pasta integrales).

Un aumento de la fibra en la dieta debe ir siempre acompañado de un aumento paralelo de la ingesta de líquidos: la fibra sin agua puede empeorar el estreñimiento en lugar de mejorarlo. La incorporación gradual de más fibra, empezando por pequeños cambios como cambiar el pan blanco por integral o añadir una manzana al desayuno, es más sostenible y mejor tolerada que un cambio radical.

Organización práctica de la alimentación

La organización es especialmente importante para personas mayores que viven solas o con autonomía reducida. Planificar las comidas de la semana, hacer una compra organizada y preparar algunos alimentos en cantidad para varios días son estrategias que reducen el esfuerzo cotidiano y garantizan que siempre haya opciones nutritivas disponibles.

Una despensa bien abastecida para personas mayores debería incluir: legumbres (lentejas, garbanzos, alubias) en lata o cocidas y congeladas, pescado en conserva (sardinas, atún, caballa), huevos, yogures naturales, aceite de oliva virgen extra, verduras y hortalizas de temporada, fruta fresca, frutos secos (nueces, almendras), pan integral y arroz o pasta integrales.

Si cocinar todos los días es un esfuerzo excesivo, cocinar en mayor cantidad dos o tres veces a la semana y guardar porciones en el frigorífico o congelador es perfectamente válido desde el punto de vista nutricional. Los purés, las sopas, los guisos de legumbres y las tortillas de huevo se conservan bien y pueden consumirse en varias comidas.

Para más información sobre alimentación saludable en la madurez, visita nuestra sección de nutrición saludable. Si cuidas a un familiar mayor y quieres orientación integral, consulta también nuestra guía para cuidadores en Málaga.